UN SABIO


En la vida te cruzas con gente que te enseña. No necesariamente se trata de maestros, profesores, curas o ancianos, sin menospreciar a ninguno de ellos. Es gente sabia que ha aprendido de la vida y que sin necesidad de licenciaturas o masters, te enseña. Así me ha ocurrido no hace mucho. Por cuestiones que no vienen al caso, últimamente estoy visitando bastante un hospital y en una de las ocasiones me encontré con un sabio, con un verdadero maestro. Se trata de un hombre que se llama Cesare (el nombre es ficticio, el caso no), tiene 56 años y cáncer desde hace seis. Hace unos días me marcó.
A pesar de haber pasado varias veces por duras sesiones de quimioterapia y de pasar largos periodos en habitaciones aisladas, solo, él sonreía. Durante el tiempo que compartimos con él, que no fue mucho, no hizo más que pensar en el futuro y planear cosas que le quedaban por hacer, su alto grado de optimismo no decayó ni un solo instante. Daba apoyo moral no sólo al resto de enfermos de la sala, sino a los que no lo estábamos. Aceptaba con resignación su situación, pero con fuerza, planeaba la noche como si fuera la más divertida de las que iba a pasar en su vida. Si había fútbol, ese sería el gran plan y si la cena terminaba con manzanas al horno, ese sería el más exquisito de los dulces…..Cesare me dio una lección, como tantas otras veces me ha pasado. Porque yo sigo aquí preocupando por mis kilos de más o de menos, por permitirme un par más de vaqueros o por conseguir un trabajo que me guste. Me pongo en primer lugar porque no quiero resultar prepotente, pero creo que lo hacemos todos. Somos egoístas, nos miramos en el espejo y nos enfocamos con la luz, ensombreciendo el resto del mundo. Sin pensar, que la vida da muchas vueltas, muchos giros inesperados, y quizás un día nos despertemos en la sombra, en el otro lado, en el de “eso sólo les sucede a los demás”. Un día podemos ser los demás y sólo un modo de vida discreto, honesto y optimista nos ayudará a sobreponernos a una catástrofe. No lo hará una talla 38, ni un A4, ni el último modelo de chaqueta de Emporio Armani, no lo hará. Tampoco lo harán las mejores notas obtenidas, ni un puesto privilegiado de trabajo, ni ir a misa todos los domingos (que no se ofenda nadie). No nos salvará. Es cuestión de suerte, fortuna o destino….como lo queramos llamar, no depende de nosotros. Quizás nos salve tener más empatía, abrirnos un poco al mundo y aprender que es demasiado grande como para cerrar puertas, mirar espejos en lugar de ventanas o centrarnos en nimiedades. Quizás nos salve sonreír cuando damos los buenos días o aprender que las desgracias existen y pueden ocurrir a todos. Quizás nos salve cada día sentirnos bien sólo por estar vivos, tener familia, tener amigos y poder caminar. (FOTO: Sopeña Balordi)

UNA DULCE PESADILLA

Esta noche he tenido una pesadilla. Cerca de las tres de la madrugada me he despertado con frío en las piernas y sudor pegajoso en la espalda, todo al mismo tiempo. Soñé que todos éramos iguales, no del modo en el que narraba Huxley en 'Un mundo feliz', sino iguales en cuanto a derechos y obligaciones.
Era una terrible pesadilla. En mi sueño no existían las injusticias, la gente no moría de hambre ni se enfrentaba, desamparada, a catástrofes naturales. En mi maldito sueño, Haití no renacía de entre los escombros como el ave Fénix ni Chile perdía a 300 personas en uno de los más agresivos ataques de la Tierra que se conocen. He tenido una terrible pesadilla.
Un viento helado e intimidatorio amenazaba con atravesar las persianas de mi habitación mientras yo temblaba al imaginar a De Juana Chaos entre rejas, a Miguel Ángel Blanco vivo y a las niñas de Alcasser licenciadas, casadas y con hijos.
En mi maldita pesadilla, atravesar la franja de Gaza sólo significaba que estabas protegido de que te pillaran al jugar a 'Indios y vaqueros', había agua limpia para todos, el arroz se podía condimentar y se comía caliente, había navidades en familia, regalos para todos, sonrisas sinceras y chocolate por la noche.
En mi sueño, las reuniones servían para decidir si se comía spaguetti o paella, o acordaban partidos de futbol, no servían para dar un SI a una invasión de guerra.
La gente se cogía de la mano fuese cual fuese su color y en Taiwan, niños menores de 14 años no trabajaban por cuatro céntimos para que Nike venda sus productos a precios desorbitados y pague cantidades millonarias a jugadores famosos.
Esa fue mi pesadilla anoche, me alegré al despertar y ver que todo seguía teniendo sentido. El mundo seguía lleno de desigualdades e injusticias, dividido entre pobres y ricos, entre los que cuentan y los que no, los que deciden y los que no....la mayor parte de las veces por cuestiones de cuna......es así como nos han enseñado, no? a mirar hacía otro lado y alegrarnos de haber nacido aquí y no allí, esa es la única diferencia....casi me creo mi pesadilla y me pongo a pensar en cómo sería.....que ilusa.....no sucederá!

SIN QUERER


Empecé a quererte sin querer, porque no quería quererte.
Sin querer quererte, te estaba queriendo,
siempre sin querer.
Empecé a quererte sin querer
porque entraste abriendo todas las puertas, entraste haciendo ruido. Con paso firme y decidido.

Empecé a quererte sin querer
porque no esperaste respuestas, ni siquiera preguntaste. Tú, simplemente estabas.

Empecé a quererte sin querer
por autoconvencerme de que jamás te querría. De que no podía quererte.
De que no debía quererte.

Y así, sin querer quererte,
me acostumbré a tu presencia, a tu cercanía,
a tus defectos, a tu risa.
Me acostumbré a tus abrazos, a tus sueños,
me acostumbre a tus zapatos, a tu olor, a tu azul.

Sin quererte querer, me acostumbré a absurdas discusiones,
a tu no entenderme nunca. A tu nevera vacía.

Sin querer quererte, me acostumbré a tu estúpida coraza, a tus sonoros suspiros
y a tus críticas hacia mi café, hacia mi pijama.
Me acostumbré a tu cantar desafinado, a tus insaciables ganas de dormir y a tu mal despertar.

Y así, sin quererte querer, me di cuenta de que formabas parte de mi vida,
sin querer quererte, me di cuenta de que te quería.

HAITÍ

Estoy precupada porque creo que mi sensibilidad mengua con los años y me niego a aceptar toda la responsabilidad. Lucho contra la inmunidad de mis ojos que se acostumbran a la pobreza, a la tristeza y a las imagenes que deberían hacer saltar en mi toda la rabia.
Me cabreo con la naturaleza, por traernos desastres, me cabreo por la falta de recursos y capacidad de reacción de algunos gobiernos y me cabreo por la importencia de ver situaciones dolorosas de tanto reales. Me estoy volviendo inmune.
Veía las imágenes de un Haití destruído hace unos días, de un país que sufre y de gente que llora. Gente que, sin tener nada, sigue perdiendo mientras el resto observamos, cual voyeur morboso, desde el sofá.
Me cabreo conmigo misma porque con dcada imágen esta gente me da una lección que sigo sin aprender. Siguen sonriendo, siguen soñando y siguen adelante, a pesar de obstáculos prácticamente insalvables. Su fortaleza no tiene límites, ni su generosidad, ni su optimismo. Su sentido de disfrutar de la vida es envidiable.
Es duro pensar en la desigualdad que hay en el mundo e indignante comprobar como la teoría propugnada tras los objetivos de la creación de las Naciones Unidas no han dado verdaderos frutos. Se coopera con intereses escondidos, a cambio de algo. Las diferencias entre el Primer y el Tercer mundo son cada vez mayores, hay cerca de 500.000 ONGs en el mundo, miles de programas de cooperación y desarrollo, millones de voluntarios y gente solidaria....Sin embargo, sobre el terreno, siguen perdiendo los mismos.

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