LOS NIÑOS DE LA GUERRA

Uno de estos días, no se si fue ayer o anteayer, me sentí especialmente impactada al ver las noticias en televisión. De un tiempo a esta parte, las imágenes de la guerra de Irak han pasado a formar parte de nuestra vida, hasta el punto de no asombrarnos ya, de verlo tan lejano y cotidiano a la vez que miramos pero no vemos. Estamos saturados.
Pues bien, el otro día de nuevo esta información captó toda mi atención y me hizo reflexionar. Las imágenes mostraban un tiroteo en Palestina, en la franja de Gaza. Unos disparaban, los otros se escondían, algunos se defendían con piedras, polvo, sangre,...muy desagradable. Pero en medio de todo ello, niños. Unos chiquillos corrían por allí y de momento se paraban a mirar y hasta parecía que les divertía el espectáculo, ni se inmutaban. Algo que a cualquiera de nosotros nos dejaría cuanto menos perplejos, inmóviles, paralizados,...a ellos no, niños de unos diez o doce años, en medio del tiroteo como si de un teatro se tratara. Y es que, claro, esos críos no han conocido nada más, viven con la beligerancia desde que nacieron, no saben que pueda existir una paz, ni conocen la sensación de caminar por la calle sin estar en peligro de muerte constantemente. Debe de ser muy duro. A mi la guerra en Oriente Medio me suena desde que nací.
Y es que la verdad es que no entiendo como desde ningún gobierno se puede justificar una guerra (o conflicto como le suelen llamar), es algo que se me escapa, no tiene explicación lógica ninguna. Desde el inicio se sabe, todos sabemos que pagarán justos por pecadores. ¿Cómo se puede explicar la muerte de cientos de personas inocentes como daños colaterales? No tiene sentido.
A veces no somos del todo sensibles con esta situación, principalmente por la distancia. Nos identificamos mucho más con todo lo que ocurra a nuestro alrededor, es normal. Sin embargo no se por qué estuve tan sensible con las imágenes del otro día. Quizás por que tengo primos pequeños a los que lo único que les preocupa es jugar y acabar los deberes para que su madre no les regañe o conseguir que su entrenador les convoque para el partido del sábado. Quizás sea también porque hay un parque cerca de mi piso y todos los días veo niños jugando, gritando, merendando, haciendo caso omiso a las reprimendas de sus madres y el peligro más grave que corren es caerse del tobogán. Y es que eso es lo que deben hacer, sonreír, ser niños sin preocupaciones, para sufrir ya tendrán tiempo. El derecho a la infancia está desapareciendo a pasos forzados de la mente de los gobernantes (al igual que muchos otros derechos). No pretendo dar ninguna solución a esta situación porque no la tengo, no la sé. Pero me comprometo a no ignorar la realidad ni poner una cortina de humo para mi comodidad. Me preocupa que tal y como están las cosas, dentro de unos años lo normal sea la imagen de las piedras y no la de los parques. No deberíamos de acostumbrarnos nunca a la violencia, que no nos convenzan, ni nos aburra. Algo se tiene que poder hacer para que los niños sigan siendo niños, los nuestros y los de allí.

2 comentarios:

JESSICA dijo...

el escrit es antic, però crec que era interessant, per aixó lhe publicat ací.

lorenacervera dijo...

No se si me ha gustado más ahora o la primera vez que lo leí hace ya unos años. Para mí, simplemente genial, ya lo sabes.

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